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El librero

Son las cinco de la mañana. Mi hermano, mi papá y yo nos subimos a la camioneta azul. La llamo así porque el pomo de la palanca de cambios, es una bola azul cristalina como la de los colectivos. Adentro tiene unos planetas plateados que llaman mi atención durante todo el viaje.

Mi papá nos va explicando porqué es tan importante salir temprano.


“- Compramos al mayorista barato y vendemos barato. ¡Pero hay que recorrer eh! Si querés hacer la cómoda, vas a un solo lugar y comprás todo junto, ¡Pero te matan con los precios! Acá por ejemplo venimos por las resmas de hojas Rivadavia. Pero solo te venden las ofertas por turno. Por eso hay que sacar número bien temprano. Si llegás a venir a la tarde ¡te arrancan la cabeza! Yo prefiero salir tempranito con la fresca, conseguir buen precio y vender cantidad. La gente de la villa necesita útiles baratos. Si no, no te compran. ¿Ojo que es toda gente trabajadora eh? Gracias a ellos, comemos. Además no se puede vender solo cartucheras importadas y lapiceras Parker. Eso te lo compran los que van al colegio San Vicente o al Nueva Pompeya… y hasta por ahí nomás. Estamos a dos cuadras de la villa, ¿Que querés? Yo no sé, en el barrio se quejan mucho de los villeros…que los villeros esto, que los villeros lo otro, pero son los que vienen y gastan. Hay mucho prolijo que vive en la avenida, pero te ratonea hasta los últimos centavos. ¡Hay que agradecer!


Es la primera vez que me dejan acompañarlos. A mi mamá no le gusta que vaya. Dice que es cosa de varones y que soy muy chica. Estacionamos frente a un galpón que tiene la persiana baja. La calle está oscura pero hay movimiento. Un logotipo gigante cubre toda la pared superior y dice "Mayorista La Estrella".

Mi papá desciende de la camioneta y se acerca a una ventanilla muy pequeña que tiene la luz prendida. Toca timbre. Se asoma un señor y casi sin mirarlo le entrega un papelito con el número 003. Mi papá hace un silbido ensordecedor con sus labios como si estuviésemos perdidos en la playa. Mi hermano me dice que bajemos y se encarga de cerrar la camioneta con llaves. Quiero que algún día me enseñe a hacerlo, pero hoy solo lo observo y disimulo mi admiración.

Tenemos que hacer tiempo hasta que abran las puertas del mayorista. Caminamos hacia el bar de la esquina y nos tomamos un submarino con dos medialunas cada uno. Yo pienso que es el mejor tiempo del mundo. El mozo me pregunta que hago despierta desde tan temprano y me deja una barra de chocolate extra junto a la taza de leche. No digo nada, pero sonrío y miro a mi papá.


Ya es momento de hacer las compras. Somos de los primeros en entrar. Con mi hermano elegimos un carrito. Él se encarga de mostrarme dónde están guardados los mejores. Me explica que son diferentes a los modelos de los supermercados.

Estos tienen una especie de pallet gigante en la base y las ruedas son del tamaño de una pelota de fútbol. Yo me subo encima y mi hermano me lleva. Mi papá va descargando la mercadería. Cuando pasamos por el sector de las cartucheras me dice que elija una para mí. Trato de no demorarme y agarro una de plástico rígido color rosa que tiene el dibujo de un autobús londinense en ambas tapas. De sus laterales se desprende una goma de borrar y una boligoma chiquita. Tiene también unos imanes que hacen click al abrirla o cerrarla. Es espectacular. Me muero de ganas de llevarla al colegio.


Compramos barato y vendemos barato, repite mi papá. Todo a precio amigo. La gente hace cola por estos precios, no es tonta. Colas de más de una cuadra“. Esto lo repite por más de quince años. Luego llega el año 2001; y junto con el corralito y la leucemia de mi mamá, aparece el paco en la vida de mi hermano.


Una bala en el talón y pidió auxilio. Auxilio. Los villeros lo reconocen, es el hijo del librero. Lo ayudan. Lo protegen. Lo curan.

Lo devuelven a casa.

Nos dice que estuvo más cerca de la muerte que nunca y que tuvo una revelación. No quería morirse. El fuego no logró quemar toda su historia y supo pedir ayuda a tiempo.

No todos tienen la suerte de saber que hay algo más. No todos tienen la suerte de reconocerse en otras formas. No todos tienen la suerte de haberse subido a la camioneta azul de papá, tomarse un submarino en el bar de la esquina y comprar útiles escolares subidos al carrito de un mayorista.

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